El veterinario Israel Pérez destaca la inexactitud de esta práctica, afirmando que “si tocas la nariz de tu perro para saber si tiene fiebre, llevas toda la vida comprobándolo mal”. La temperatura del hocico no es constante y puede variar por múltiples factores, como la actividad del animal, la exposición al sol o la temperatura ambiental.
Por lo tanto, una nariz caliente no implica necesariamente fiebre, ni un hocico frío asegura que el perro esté sano. Aun así, hay cambios que pueden alertar a los dueños, tales como la apatía, la pérdida de apetito, temblores inexplicables y respiración acelerada. Sin embargo, estas señales no son definitivas para el diagnóstico de fiebre y pueden deberse a distintas causas que deben ser evaluadas en función del estado general del animal.
Ante la aparición de estos síntomas y un comportamiento decaído, es aconsejable consultar con un veterinario. La única forma precisa de determinar la temperatura corporal del perro es mediante un termómetro. En veterinaria, la medición rectal es considerada uno de los métodos más fiables. Generalmente, se considera fiebre una temperatura superior a 39-39,5 °C, aunque esta lectura debe ser interpretada en su contexto.
Es importante tener en cuenta que el ejercicio excesivo o el sobrecalentamiento pueden elevar la temperatura sin que exista una infección. Por lo tanto, antes de alarmarse por una nariz caliente, es más constructivo preguntarse acerca del estado general del animal, su comportamiento y apetito, ya que tocar la nariz no basta para evaluar su salud.










