Bitros mencionó que el barco se encuentra en el canal de Panamá, un punto crucial para la navegación en el Caribe. Desde allí, deberán decidir entre cruzar hacia el océano Pacífico o regresar por la corriente del Golfo hacia Estados Unidos y Bahamas.
Financieramente, el proyecto se sostiene a través del alquiler de su vivienda, manteniendo un estilo de vida austero. Los niños reciben educación a distancia, lo cual les permite adaptar su rutina diaria a las exigencias de la navegación.
Este viaje no fue resultado de una decisión espontánea. “Estuvimos once años soñándolo”, compartió Bitros al evocar el origen del proyecto familiar. Trabajando en sus respectivas profesiones, decidieron trasladarse a Nueva Zelanda, donde la idea de recorrer el mundo en velero comenzó a tomar forma.
En Nueva Zelanda navegaron en un bote pequeño, pero optaron por no cruzar el Pacífico debido a las difíciles condiciones marítimas. En su lugar, exploraron distintos destinos en Asia y se ofrecieron como voluntarios en Camerún, cuidando chimpancés rescatados.
Posteriormente, volvieron a Argentina y se concentraron en hacer realidad su plan. Bitros indicó que adquirieron el barco en 2020, durante la pandemia, y se dedicaron a su restauración durante un año, dado que se trataba de una embarcación antigua. “El barco es viejo y había que hacerle de todo”, recordó, y manifestó cómo el momento de partir fue emotivo para ella, a tal punto que “se le caían las lágrimas”.
Describió su experiencia en el velero como “una vida de campamento flotante”, destacando la falta de comodidades como agua caliente o congelador, lo que les obliga a organizar sus alimentos de acuerdo con los recursos disponibles. “La caña va siempre a remolque y cuando sale pescado hay que comerlo porque no hay freezer”, explicó.
Sus hijos, que tienen casi ocho y nueve años, han tenido una experiencia educativa marcada por la pandemia, y posteriormente comenzaron a estudiar a través del Sistema de Educación a Distancia del Ejército. “Hace cinco años que les estamos dando clases nosotros. Vienen bárbaro”, indicó. Además, comentó que los exámenes se envían por correo y, ante ciertos inconvenientes, remiten fotografías para completar las evaluaciones.
La vida social de los niños también es un aspecto relevante dentro de su viaje. Bitros reconoció que en algunos períodos navegaron solos, lo que llevó a repensar diferentes aspectos del trayecto. “Ya hace un año y medio que venimos con una banda de amigos, de chicos”, comentó sobre el grupo de familias navegantes con los que comparten sus recorridos.
La ingeniera agregó que la convivencia con familias de diversas nacionalidades ha beneficiado el aprendizaje del inglés de sus hijos. “Se hacen amigos de chicos extranjeros y empiezan a hablar. Lo tenían todo guardado”, dijo.
La travesía también presentó desafíos. Bitros recordó un episodio en Brasil donde la embarcación encalló y debieron repararla, lo que definió como una experiencia de gran aprendizaje. Asimismo, relató un momento cerca de la frontera entre Brasil y Guayana Francesa, cuando una embarcación comenzó a seguirlos, modificando su rumbo cuando intentaron escapar. “Apuntamos al medio del Atlántico, prendimos el motor, pusimos las velas lo mejor posible y veíamos que los tipos nos perseguían”, narró. Tras aproximadamente veinte minutos, el otro barco desistió de seguirlos porque se alejaba de la costa.
Bitros concluyó que esa experiencia evidenció que el seguimiento no estaba relacionado con actividades de pesca. “Esa fue la prueba de que nos seguían”, afirmó.
Durante la conversación, también mencionó que no tienen planes de completar un viaje alrededor del mundo. Hasta el momento, han navegado por Uruguay, Brasil, Puerto Rico, las Antillas, Islas Vírgenes, Bonaire, Curazao, Aruba, Colombia y Panamá.
La actual pausa en Argentina representa el periodo más extenso que pasarán lejos del velero desde el inicio de su aventura. Tienen previsto regresar en enero para reunirse nuevamente con su embarcación.
Bitros expresó su disfrute por la vida a bordo, aunque también resaltó las exigencias de una convivencia permanente entre los cuatro integrantes de la familia. “La vida en el barco es divina, pero también estamos los cuatro en bloque siempre”, señaló.
La navegante enfatizó que procura no limitar las decisiones futuras de sus hijos en relación a la navegación. Contó que optaron por no asistir a una clase de Optimist porque no mostraron interés, priorizando su socialización y bienestar.
Sobre la sostenibilidad económica del proyecto, explicó que dejó de producir contenido para plataformas digitales y que actualmente viven del alquiler de su vivienda. Bitros sintetizó esta elección con una frase: “Se vive con muy poco”.










