El reciente informe del Indec, que da cuenta de un nuevo incremento de la pobreza en el primer semestre de 2026, reabre la cuestión sobre la dificultad de Argentina para mejorar sostenidamente sus indicadores sociales. Este análisis se encuentra en el nuevo libro titulado “Pobreza: la grieta que importa”, donde destacados expertos examinan distintas perspectivas sobre el tema.
Bajo la dirección del doctor en Ciencias Políticas de la Universidad de California, Andrés Schipani, el texto incluye contribuciones de investigadores como Leonardo Tornarolli, del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (Cedlas), y el padre Rodrigo Zarazaga, del Centro de Investigación y Acción Social (Cias), quienes abordan mitos y verdades en torno a las condiciones de vida de la población y las metodologías estadísticas utilizadas para su evaluación.
Tornarolli destaca que, al considerar la historia de los últimos cincuenta años en Argentina, las conclusiones varían significativamente según se utilice la pobreza monetaria -que compara ingresos promedio con una canasta básica- o un enfoque “multidimensional” que incorpora el acceso a servicios fundamentales como agua y saneamiento.
Al observar los datos a largo plazo, se evidencia una mejora continua, aunque a un ritmo menor al deseado, en las condiciones de vida de parte de la población. Sin embargo, la evaluación basada en ingresos presenta resultados opuestos, con un aumento en la proporción de la población por debajo de la línea de pobreza respecto a la década de 1970, aunque con una caída menos abrupta de lo que se suele creer.
El texto ofrece un recorrido significativo por las cifras de pobreza en el Gran Buenos Aires desde 1974, a pesar de que la recolección oficial del Indec inició en 1988. En octubre de 1974, el porcentaje de la población en situación de pobreza rondaba el 11%, cifra que representa “el valor más bajo de la serie hasta 2025”, según aclara el investigador. No obstante, este dato no es completamente representativo de la década, ya que posteriormente se produciría el “Rodrigazo”, un evento que evidenció los desequilibrios acumulados en esos años. En 1980, la pobreza alcanzaba el 17,3%, y para la restauración de la democracia, el porcentaje se elevó al 40%, llegando a un 59% tras las hiperinflaciones de 1989.
A finales de 1993, después del éxito de la Convertibilidad, la pobreza descendió al 24%, pero volvió a incrementarse al 37,9% en 1996 debido a un pico de desempleo. Luego de la crisis de 2001, en octubre de 2002 se registró el máximo histórico con 63,7%. Desde entonces y hasta 2008, el indicador se redujo en aproximadamente 30 puntos porcentuales, con una cifra del 25,2% en 2011. Sin embargo, volvió a ascender al 33% en 2014 y descendió al 29,5% en 2015. Tras alcanzar el mínimo de la década en 2017 con un 24,5%, se elevó casi al 36% a finales de 2019.
Durante la pandemia, la pobreza llegó al 44,2%, y al cierre de 2023 se situó en el 41,6%. Desde entonces, se conoce que en el primer semestre de 2024 el porcentaje ascendió a casi el 53%, antes de iniciar una nueva disminución, aunque persisten cuestionamientos sobre la falta de actualización de la canasta básica, que no impactan significativamente en la tendencia.
Ante este panorama, surge un nuevo desafío: determinar si la reducción de la pobreza puede convertirse en un proceso sostenible, incluso con una inflación en disminución. Como varios textos del libro apuntan, el “determinante principal” de los niveles de pobreza se relaciona con “el funcionamiento de la economía”. No solo por la inestabilidad macroeconómica y el estancamiento que intensifican la pobreza, sino también por los cambios recientes en el mercado laboral.
Tornarolli explica que “cuando la economía se expande, se generan más y mejores oportunidades laborales y los salarios reales aumentan










