En un video difundido en la plataforma TikTok de Filosofía Animal, el especialista criticó la costumbre de premiar a los animales después de situaciones en las que se comportaron adecuadamente. Explicó que el perro no necesariamente asocia el premio con la acción que realizó minutos antes.
“Recompensar a los perros cuando se comportan bien no sirve para nada, el animal nunca aprendió por eso”, afirmó Liquindoli al abordar los mecanismos de aprendizaje en los perros. Aclaró que si bien la comida puede actuar como una forma de afecto, es fundamental diferenciar entre enseñar una conducta específica y tratar las emociones que una experiencia provoca en el animal.
Liquindoli señaló que una visita al veterinario puede acarrear diversos estímulos desagradables para un perro, como subir a una camilla alta, escuchar sonidos extraños, deslizarse sobre una superficie metálica o ser manipulado por una persona desconocida. Si el perro experimenta miedo o estrés, premiarlo después de la consulta no garantiza que su percepción sobre la experiencia cambie.
En tales casos, el especialista propone implementar el condicionamiento clásico, un método de aprendizaje asociativo que permite conectar una situación con una experiencia emocional positiva.
Esta técnica consiste en ofrecer estímulos agradables durante el momento que podría causar temor. Por ejemplo, se pueden proporcionar pequeños trozos de comida al perro mientras se acerca a la camilla o se le examina, siempre que esté en condiciones de recibir alimento.
El objetivo es que el animal empiece a asociar gradualmente esos momentos con experiencias placenteras, en lugar de relacionarlos únicamente con miedo o incomodidad. Según comentó Liquindoli, el proceso de aprendizaje debe llevarse a cabo durante la situación que se desea modificar, no solo una vez finalizada. Esta metodología también puede aplicarse ante otros factores que generan ansiedad, como las tormentas, los viajes en auto o el ruido de una aspiradora.
El entrenador diferenció este enfoque del condicionamiento operante, que sí se basa en las consecuencias de una conducta para aumentar o disminuir la probabilidad de que se repita.
Un ejemplo de esto es enseñar al perro a acudir cuando se le llama. Si el dueño lo llama y el animal se acerca, se le puede ofrecer una recompensa de inmediato. De esta forma, el perro relaciona la acción de acudir con una consecuencia positiva, lo que aumenta las posibilidades de que repita el comportamiento.
La clave, según Liquindoli, radica en el objetivo de la enseñanza. En un enfoque se busca modificar la respuesta emocional ante una situación; en el otro, reforzar una conducta específica. Por ello, el especialista enfatizó que no se trata de eliminar las recompensas en la educación canina, sino de aplicarlas de acuerdo con el tipo de aprendizaje que se desea trabajar. Una recompensa puede ser eficaz para enseñar un comportamiento, pero no siempre es suficiente para abordar un miedo.










