La psicología sugiere que esta reacción puede explicarse por factores que van más allá de una mera preferencia hacia la limpieza, ya que múltiples estudios han abordado cómo los entornos visualmente sobrecargados influyen en nuestra atención.
Esto significa que el cerebro se ve forzado a seleccionar constantemente qué estímulos son relevantes y cuáles deben ser ignorados. Por lo tanto, reducir el desorden puede traducirse en una disminución de la cantidad de información que nuestro cerebro necesita procesar.
Cuando hay demasiados objetos visibles, estos pueden disputarse nuestra atención entre sí.
En tales circunstancias, el cerebro debe filtrar de manera continua la información para enfocarse en lo que realmente es crucial. A mayor número de estímulos irrelevantes, más complicado puede volverse mantener la concentración en una tarea específica.
Esta situación ayuda a comprender por qué algunas personas sienten que pueden trabajar, estudiar o incluso descansar más eficientemente después de haber ordenado un espacio, lo que no implica necesariamente que tengan una obsesión con la limpieza.
En ciertos casos, eliminar estímulos superfluos permite crear un entorno que exige un menor esfuerzo de atención.
Sin embargo, la conexión no se limita solo a la concentración. Un estudio llevado a cabo con familias en Estados Unidos reveló una correlación entre la forma en que diferentes individuos describían sus hogares y sus niveles de cortisol, una hormona asociada con la reacción del cuerpo al estrés.
Aquellas mujeres que utilizaban términos vinculados a la desorganización mostraban patrones de cortisol distintos en comparación con aquellas que describían sus casas de manera más acogedora.
No obstante, esto no implica que vivir en un entorno desordenado cause automáticamente estrés, ni que todas las personas respondan de la misma forma, aunque se identificó un patrón en los encuestados.
Asimismo, no hay una regla que determine que un mayor orden siempre se traduzca en un mejor bienestar mental. Cada individuo posee un nivel distinto de tolerancia ante estímulos visuales y un cierto grado de desorden puede no representar inconvenientes.
Incluso, el intento de mantener una casa siempre impecable puede convertirse en otra fuente de presión si ello demanda un esfuerzo excesivo. Así, la clave radica en cómo cada individuo percibe su propio espacio.
Si el desorden ocasiona distracción, irritabilidad o dificulta el descanso, su reducción podría limitar estímulos innecesarios y facilitar la concentración. De este modo, la necesidad de organizar elementos antes de iniciar una actividad laboral o de arreglar un lugar para poder relajarse podría tener menos que ver con la estética y más con proporcionar al cerebro un entorno con menor carga de información.










