El especialista destacó que, a pesar de que la mayoría del Sol esté oculto por la Luna, todavía se emite una cantidad significativa de luz. “El Sol es tan brillante, emite tanta cantidad de luz, que ese 1% de Sol visible produce muchísima luz”, precisó.
Además, advirtió que incluso cuando el Sol está casi completamente cubierto, la luz solar sigue siendo dañina para la visión humana: “Realmente afecta mucho a la visión, y afecta mucho a las pupilas”.
Aunque el 99% de la superficie solar esté bloqueado, esa pequeña parte que queda expuesta resulta demasiado brillante para ser vista sin protección.
Si no se adoptan las precauciones adecuadas, la observación directa del Sol puede ocasionar daños en las células de la retina y, en algunos casos, causar lesiones permanentes. Esto no solo es posible durante un eclipse, sino también en un día común.
Para protegerse durante las fases parciales de un eclipse, se recomienda utilizar anteojos especiales para la observación solar, que se distinguen de los modelos convencionales. Los anteojos de sol habituales, sin importar qué tan oscuros sean, no brindan la protección adecuada.
Asimismo, Bagú subrayó que las pupilas responden a los cambios de luminosidad durante un eclipse: mientras hay una parte del Sol visible, permanecen contraídas y, al producirse la oscuridad total, requieren tiempo para dilatarse nuevamente.
“Las pupilas no se dilatan de manera automática. Entonces tenemos una caída de luz determinada y, como las pupilas aún están contraídas, nos entra muchísima menos luz a la retina. Entonces nos da la sensación de que es una noche mucho más cerrada de la que realmente es”, destacó.
Al observar un eclipse, el único instante en el que se permite mirarlo sin protección es cuando la Luna oculta totalmente la superficie del Sol. Apenas vuelve a surgir cualquier porción de luz, es fundamental volver a usar la protección ocular.










