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Las elecciones de Estados Unidos y sus efectos en América Latina

2 noviembre, 2026
in Política
Las elecciones de Estados Unidos y sus efectos en América Latina
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El próximo 3 de noviembre, Estados Unidos celebrará elecciones de medio término. En esos comicios se renovarán todos los escaños de la Cámara de Representantes y un tercio de los del Senado. La votación definirá la composición del Congreso y el equilibrio de fuerzas para los dos años siguientes, pero también funcionará como un referéndum sobre la gestión de Trump.

El alcance de la elección excede las fronteras estadounidenses. Tres factores ayudan a comprender su importancia: el peso político, militar y económico de Estados Unidos en el sistema internacional; el marcado carácter autoritario del gobierno de Trump; y las consecuencias que el resultado puede tener para el orden mundial, en particular para América Latina.

La votación se produce, además, en medio de un cambio de época. La revolución tecnológica, la creciente financiarización de la economía y las profundas modificaciones en las formas de producir y acumular riqueza están debilitando las bases del pacto social que sostuvo al Estado de bienestar durante buena parte del siglo veinte.

Para amplios sectores de la población, la estabilidad en el empleo, la posibilidad de ascender socialmente y el acceso a derechos esenciales, como la vivienda, la salud y la educación, ya no son perspectivas previsibles. A la vez, los Estados encuentran dificultades para responder a esas demandas, lo que agranda la distancia entre las expectativas sociales y la capacidad de la política para satisfacerlas.

La precarización laboral, la caída del poder adquisitivo de los salarios y el endeudamiento de los gobiernos, las empresas y las familias se profundizan, mientras las ganancias de los cambios económicos y tecnológicos quedan concentradas en pocas manos. Este proceso también modifica la división internacional del trabajo y acentúa la competencia entre países por los recursos estratégicos que necesita la economía digital. Para las naciones del Sur global, el riesgo es quedar cada vez más relegadas a una inserción extractiva y subordinada.

La crisis se percibe con fuerza en Europa. El menor crecimiento económico ha contribuido a erosionar los fundamentos del Estado de bienestar, en un contexto agravado por las presiones estadounidenses para que los miembros de la OTAN aumenten de manera significativa el gasto en defensa. Las nuevas exigencias presupuestarias ponen en tensión los recursos destinados a las políticas sociales.

Todo esto ocurre en un clima de profundo malestar, sobre todo entre los jóvenes. Para muchos, alcanzar las condiciones de vida de sus padres parece cada vez más difícil, mientras pierde fuerza la promesa de progreso colectivo que durante décadas sostuvo el pacto social europeo.

Ese descontento se expresa en movilizaciones juveniles en Europa y otras regiones. En India, por ejemplo, el movimiento de las Cucarachas muestra cómo una generación que parecía apática vuelve a encontrar en la protesta callejera y la organización herramientas para convertir la frustración individual en reclamos colectivos.

El malestar social contribuyó en su momento al regreso de Trump a la Casa Blanca. Sus promesas de recuperar el empleo industrial, elevar los salarios y bajar la inflación, junto con un discurso estigmatizante contra los migrantes, tuvieron eco entre trabajadores afectados por décadas de crecimiento lento y salarios estancados. Sin embargo, su gobierno no logró revertir las condiciones que alimentaban ese descontento. Por el contrario, el tono confrontativo, los ataques a las instituciones y las prácticas autoritarias agravaron el deterioro de la convivencia democrática.

La guerra contra Irán expuso otras contradicciones de la administración. Trump llegó al poder prometiendo concentrarse en los problemas internos, pero terminó involucrando a Estados Unidos en un conflicto de graves efectos económicos y políticos globales. La volatilidad del precio del petróleo y el cierre del estrecho de Ormuz revelaron los límites de la superioridad militar estadounidense para asegurar el control geopolítico. También mostraron que dominar rutas estratégicas de abastecimiento puede convertirse en un instrumento de presión sobre la economía mundial.

Esas tensiones forman parte del escenario en el que los estadounidenses votarán el próximo martes. Aunque es habitual que el partido gobernante pierda bancas en las elecciones de medio término, una eventual caída republicana tendría un alcance mayor que el desgaste usual de una administración. Permitiría medir el apoyo social a Trump, condicionaría su capacidad para gobernar durante los dos años restantes de mandato y pondría a prueba la continuidad de su proyecto político.

También están en juego las diferencias dentro del movimiento MAGA: de un lado, quienes se oponen a nuevas intervenciones militares; del otro, quienes defienden una política exterior más agresiva. Los demócratas, por su parte, llegan divididos entre los sectores tradicionales del partido y quienes buscan construir una alternativa que responda a las demandas de trabajadores y jóvenes.

Para la Argentina, estos comicios son relevantes en un escenario cada vez más multipolar. Estados Unidos conserva un poderío militar, financiero y tecnológico enorme, pero atraviesa un declive relativo de su hegemonía. La competencia con China y la disputa por recursos estratégicos refuerzan las acciones injerencistas de Washington para consolidar su control sobre lo que denomina el hemisferio occidental, con mayores presiones económicas, políticas y militares sobre América Latina.

La agenda de securitización promovida por Washington es una expresión concreta de esa orientación. Bajo el argumento de combatir el narcotráfico y el llamado narcoterrorismo, iniciativas como el Escudo de las Américas impulsan una coordinación más estrecha entre fuerzas militares, policiales y de inteligencia. Ese esquema desdibuja de manera preocupante las fronteras entre la defensa nacional y la seguridad interior. En una región rica en recursos estratégicos, estas políticas elevan el riesgo de injerencia extranjera, favorecen la militarización de los conflictos sociales y debilitan las garantías democráticas.

En este contexto, el alineamiento automático de Milei con Trump y Netanyahu ata la política exterior argentina a los intereses y al destino político de gobiernos extranjeros. También restringe la posibilidad de diversificar las relaciones internacionales y debilita los vínculos regionales, justo cuando los cambios globales hacen más necesaria la integración para desarrollar capacidades productivas, científicas y tecnológicas propias y ampliar la autonomía.

La victoria de Lula en Brasil, sin embargo, muestra los límites de la política injerencista estadounidense y representa una nueva señal de debilidad para Trump. Su apuesta por la ultraderecha encarnada por Flávio Bolsonaro no se impuso en las urnas.

Cuando Lula afirma que “Brasil no va a ser el patio trasero de nadie”, expresa un rechazo directo a las pretensiones de Estados Unidos de subordinar a América Latina a sus intereses. La derrota de la ultraderecha brasileña tiene, por eso, un significado que supera las fronteras del país: reafirma el derecho de los pueblos a elegir su propio rumbo frente a las presiones y las distintas formas de injerencia externa.

El discurso de Lula también planteó que defender la soberanía nacional requiere desarrollar capacidades propias. En ese sentido, destacó la importancia de crear una inteligencia artificial brasileña y de fortalecer la educación, la ciencia y la tecnología como bases de un proyecto nacional. Además, denunció los intentos de las plataformas digitales de intervenir en el proceso electoral y reclamó reglas que impidan que su poder económico y tecnológico prevalezca sobre la voluntad popular. La experiencia brasileña muestra que enfrentar el poder de los algoritmos requiere organización política, presencia territorial y reconstruir los lazos entre la política y la sociedad.

El triunfo de Lula también supone un límite para Milei. El respaldo explícito del presidente argentino a Bolsonaro deterioró aún más la relación con el principal socio regional del país y profundizó el aislamiento internacional de la Argentina. Una vez más, quedan a la vista las contradicciones de una política exterior que se subordina a Estados Unidos mientras debilita los vínculos con países decisivos para el desarrollo nacional. Fortalecer la relación estratégica con Brasil es indispensable para recomponer la integración regional y ampliar la capacidad argentina de defender sus intereses frente a las grandes potencias.

Las elecciones estadounidenses deben entenderse, entonces, como parte de una crisis más amplia de las condiciones económicas y sociales que sostienen la legitimidad democrática y de la transformación del orden internacional. Para América Latina, y especialmente para la Argentina, la forma de impedir que las disputas internas de Estados Unidos y la competencia entre las potencias determinen nuestro futuro es construir autonomía mediante la integración regional, el desarrollo de cadenas de valor compartidas y la creación de capacidades científicas y tecnológicas propias. De lo contrario, la región seguirá en una posición periférica y vulnerable, expuesta a las presiones externas y a las consecuencias de un repliegue estadounidense que reafirma su injerencia.

Como mostró Brasil, el desafío consiste en evitar que Washington determine el rumbo de nuestros países y recuperar la capacidad de impulsar un proyecto propio de desarrollo.

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