Nadie quería dejar el estadio en Atlanta. Los jugadores, después de regalar momentos profundamente emotivos en el Mundial, se entregaban a abrazos interminables. Pasaron más de veinte minutos desde el heroico triunfo que llevó a la selección a una nueva final mundialista, y Messi continuaba presente. Como un niño que anhela jugar a la pelota y seguir ganando. A sus 39 años, pese al cansancio tras un agotador torneo y una presión mental que solo unos pocos pueden soportar, los hinchas, a pocos metros, extendían sus brazos en busca de contacto con ese equipo que demuestra amor propio ante la adversidad.
Millones de compatriotas estallaron de alegría en todos los rincones del país y del mundo tras la épica batalla de valentía y fútbol que exhibió el plantel argentino. A pesar de un resultado que parecía injusto, y enfrentando a un equipo que se replegaba en defensa, la selección brindó una nueva lección, dominando el juego.
Messi era










