Frenkel argumentó que el tipo de cambio actual solo favorece a los sectores exportadores tradicionales, que operan como enclaves en la economía nacional. En este contexto, explicó que los empresarios traen maquinarias e insumos del exterior, explotan recursos naturales como los agrícolas, mineros o petroleros, y luego se llevan las ganancias, dejando únicamente los salarios en el país. En su opinión, es necesario contar con un tipo de cambio más elevado para permitir el crecimiento de otras actividades productivas fuera de este modelo.
El economista también desestimó la teoría de que una devaluación necesariamente conduciría a un ciclo inflacionario negativo. Recordó que ha habido momentos en la historia argentina donde se logró sortear este problema de manera efectiva, como entre 2003 y la salida de Martín Redrado del Banco Central, período durante el cual se mantuvo cierta independencia del organismo. “Fue tan virtuoso que hubo que implementar un impuesto a la entrada de capitales para evitar la apreciación del tipo de cambio”, comentó.
Respecto a la situación actual, Frenkel realizó un diagnóstico severo. Aseguró que la sostenibilidad del tipo de cambio depende del mantenimiento de la recesión económica. Explicó que el superávit se debe, en parte, a la contracción de las importaciones generada por la falta de actividad económica, y advirtió que el retraso en la corrección cambiaria limitará las oportunidades de producción en el país. Para él, el equilibrio externo que muestra la economía argentina es más resultado del estancamiento de la demanda interna que de una mejora en las exportaciones o la productividad.
En la misma entrevista, Frenkel destacó que la situación económica de Argentina no encaja en lo que se define como “enfermedad holandesa”, puesto que no surge de un exceso de dólares en la economía. “Hay ingresos y generación de riqueza, pero esos beneficios no se distribuyen a otros sectores, impidiendo que aumenten los precios y los salarios tanto en moneda internacional como en términos reales”, apuntó.
El economista también se refirió al deterioro del poder adquisitivo de los salarios, subrayando que este fenómeno persiste en un contexto económico contraído, donde los servicios continúan aumentando debido a la eliminación de subsidios. “Estamos en una situación donde el tipo de cambio parece el de Arabia Saudita, aunque no lo sea. Este modelo está sobrando 20 millones de personas”, enfatizó.
Frenkel expresó su preocupación por la viabilidad social del actual rumbo económico, señalando que “resulta complicado que este sistema sobreviva en medio de la miseria”. Criticó la falta de empleo en la provincia de Buenos Aires y el Conurbano, recalcando que, a pesar de llevar dos años y medio en el poder, no se han implementado cambios significativos.
“Es necesario que pasemos el mal trago de aumentar el tipo de cambio y acelerar la inflación. Esto es necesario, aunque suene impopular. Se requiere un tipo de cambio más alto para darle viabilidad a actividades que no sean exclusivamente exportadoras”, concluyó Frenkel.
No es la primera vez que este economista pone en duda la estrategia cambiaria del gobierno actual, del cual fue referente académico. Anteriormente, había manifestado que la continuidad del programa económico estaba supeditada al cumplimiento de ciertas condiciones, incluida la necesidad de corregir el atrasado tipo de cambio.
Frenkel había señalado que cualquier plan de estabilización debe considerar tres aspectos fundamentales: ajustar el tipo de cambio, rectificar el déficit de cuenta corriente y acumular reservas genuinas en el Banco Central. Afirmó que la única manera de contar con reservas sólidas es a través de un superávit en la cuenta corriente o de inversión extranjera directa, advirtiendo que un enfoque de reservas basado en deuda resulta frágil y expone a riesgos debido a las fluctuaciones del financiamiento internacional.
Finalmente, el economista compartió una perspectiva de largo plazo sobre los programas de estabilización que dependen del atraso cambiario. Mencionó que Argentina y otros países de la región, como México y Chile, han atravesado etapas donde la desinflación se sustentó en un tipo de cambio retrasado, y este patrón tiende a repetirse: una devaluación inicial permite equilibrar las cuentas fiscales y, aunque puede provocar un aumento de la inflación por los costos de insumos importados, también genera una recuperación temporal del poder adquisitivo que estimula la demanda y reduce el déficit externo. Sin embargo, advirtió que normalmente este proceso no se sostiene en el tiempo, ya que más adelante aumenta la incertidumbre, se encarece el financiamiento externo y las tasas de interés deben elevarse, lo que a su vez lleva a una contracción económica.










